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Ensayos

La Libertad de lo Amado

Francisco / 9 min de lectura

La Espera, Parte 3.

Primero me pregunté cómo no desvanecerme en la espera, y después cómo cuidar la memoria de lo vivido sin que se vea afectado negativamente por un final. Hay una tercera arista en esto que me gustaría plasmar para englobar esta suerte de trilogía. ¿Desde donde amo?

No me cuestiono si lo hago o no. Eso lo tengo decidido y resuelto, y no es accidente la manera en que lo he hecho público múltiples veces. Tampoco me estoy preguntando si realmente vale la pena amar. Supongo que la pregunta ahora es desde dónde sostengo este amor que tengo para entregar. Qué parte de él viene desde un lugar impoluto y qué partes han sido arrastradas por mi historia. Si me sigo cuestionando si lo que anhelo se logra para validar su existencia, si el encuentro que busco tiene que materializarse si o si para afirmar su razón, entonces no estoy amando desde la libertad, estoy esperando una suerte de recompensa, un certificado “Francisco es capaz de amar”.

Escribí lo suficiente sobre la espera como para que se vea confundida con la libertad.

  • Autodeterminación

    Después de tanta reflexión, me di cuenta de que le he dedicado párrafos enteros a defender que la elección de quien amo no debería venir desde el alivio de por fin ser amado, ni desde el cansancio de un duelo que no ha terminado. Pero ¿cuándo me elijo yo?

    Si busco que sea elegido de manera libre, tengo que aplicar la misma regla para mí. ¿Amo desde la libertad, o estoy amando desde la urgencia que ha arrastrado mi historia? Hay un término para esto: la mala fe. La forma de mentirse a sí mismo donde la elección es una necesidad, omitiendo el sentido de libertad propia y vistiéndola de “destino”. ¡Esto tenía que pasar! Sería una suerte de amor mientras me digo “no tenía otra opción”, “esta vez sí tenía que resultar”. Una manera elegante de decir que me estaría haciendo el estúpido. Ya que he escrito tanto sobre el héroe que no se mide, la mala fe se disfraza de una paciencia o una espera calculada.

    Tuve que visitar textos de hace años para dar con un cierre que ahora me hace más sentido, o ruido, que nunca. Determiné que se había acabado el tiempo de lo imposible, que ya veía con claridad y me sentía capaz nuevamente de alcanzar los astros. He sostenido esa frase en lo que me ha pasado desde entonces. He vivido lo posible.

    Pero lo posible puede convertirse, sin advertencias, en una suerte de imposible también disfrazada. Cuando lo posible aparece después de una espera eterna por dejar de perseguir lo que está tan lejos, hay un riesgo del que nadie habla: confundir el alivio de tener cerca al amor, con la libertad de elegirlo. Creer o querer que esta vez sí se va a concretar porque el destino dice “es tu turno”. O porque el aprendizaje de mis experiencias difíciles debe rendir frutos y ya pagué la deuda de todos los otros “años imposibles”.

    ¿Qué clase de libertad es esa? ¡No lo es!, es simplemente una cuenta pendiente, y, por ende, mala fe, porque convierte una decisión que llama a gritos ser libre, en una deuda de mi propia biografía. No puedo permitirlo.

    No digo que mis sentimientos estén ensuciados, vienen desde el mismo lugar de siempre y dejarían de ser míos si se tornan calculadores. Entre el sentir y el desear que algo sea concretado hay un espacio donde entra mi sentido de urgencia. No me queda otra que ser honesto. Tengo que reconocer esta mezcla y no ocultarla bajo la alfombra. Así como admití que parte de querer aliviar al otro podría transformarse en una forma de adelantar, quizás no naturalmente, lo que deseo. Sólo reconociendo estas diferencias puedo no llamarle “amor” a lo que es en realidad una cuenta pendiente conmigo mismo.

    • Sentir o Elegir

    ¿Es realmente voluntario amar?, como si uno eligiera amar como quien decide qué comer o qué vestir hoy. No sería honesto afirmar que es voluntario, bajo mi propia experiencia, uno siente lo que siente y no tengo poder sobre el origen de ese sentir. Si tuviese esa elección, no estaría escribiendo todo esto.

    El amor, dicen, no es algo que nos sucede, sino que se ejerce, se practica. Un arte que requiere diciplina, concentración y paciencia. No lo espontáneo y maravilloso del enamoramiento, sino el trabajo continuo de amar bien, que no es menos maravilloso por su naturaleza de esfuerzo. El amor inmaduro puede reflejar “te amo porque te necesito”, pero prefiero pensar que “te necesito porque te amo”. La diferencia no es la intensidad, es de donde viene.

    Aquí no hay “voluntarismo” de amar, la libertad de hacerlo no se cuestiona, ya sabemos que el amor se siente cuando se siente, pero podemos elegir qué posición, en qué condiciones y con qué disposición quiero amar.

    Amar libremente no es amar menos, no significa apagar su intensidad ni guardarla cada noche en una caja fuerte. Me parece que se acerca más a mantener un amor sin pedirle que solucione lo que no puede: las deudas de mis historias, las urgencias de mis tiempos, las conclusiones de capítulos que no cerraron. Amar libre nunca será convertirte (o al otro) en la respuesta a una pregunta que era mía, no del amor.

    No tengo que dejar de sentir lo que siento, o disminuir mi romanticismo, ¡qué absurdo!, no podría, de todas formas. Pero puedo darle sentido a lo que tengo en mi corazón. Saber qué hacer con lo que tengo en mi. Si pido que se cumpla lo que quiero porque lo necesito, lo encadeno, pero si le permito simplemente ser, sin convertirlo en un camino de una sola dirección, entonces será libre.

    Supongo que eso es lo único que realmente está en mis manos.

    • La Otra Libertad

    No puedo dejar fuera quien está frente a mí. Si me pido amar de manera libre, la simetría pide que esa elección que puedan tener sobre mí también lo sea.

    Hay una paradoja, entonces: el amante quiere ser amado libremente, pero al mismo tiempo busca una garantía sobre el deseo del otro. Quiere una libertad asegurada, pero esas dos cosas no caben juntas. Y ahí está la trampa. Si he de pedir que la elección sea libre, en el mismo gesto la hace menos libre con la propia presencia, con el peso del cariño ofrecido, y con una disponibilidad sin límites.

    Escribí hasta el hastío sobre no querer un refugio de emergencia, a pesar de acercarme honestamente a la idea, pero no traigo esta referencia en vano o porque me lo tenga que recordar de nuevo, la recuerdo porque es la otra mitad de una ecuación. Si solo soy yo el que me ordeno y omito la libertad que tiene la otra persona, me vuelvo a ese lugar tan antiguo de mí mismo, el héroe que se sacrifica esperando que sea suficiente para merecer amor. De nuevo un objeto que no toma razón. Entonces, aplicar tan libremente el concepto de libertad en una sola dirección (exigirme la mía sin cuidar la tuya), sería simplemente una versión camuflada del mismo error.

    Y no es que busque la libertad mutua como requisito que nace desde la desconfianza. Pero es la única condición que permite que lo que venga en el futuro tendrá la consistencia que necesita, o merece. Si me eligen porque simplemente no existía otra opción, porque la espera dolió demasiado, porque estaba en el lugar y momento donde no había más caminos, entonces no es elección, es un alivio ante lo terrible del momento. Me rehúso.

    Me permito entonces corregir una frase que plasmé anteriormente. Si llega lo que tanto anhelo, no puede ser de otra forma mas que desde la libertad… más bien, desde dos libertades. La mía que evoluciona y se trabaja y es la única que puedo garantizar realmente, y la tuya, que no puedo asegurar, pero la puedo respetar y cuidar. Sin apurar tus procesos, ni aparecer como solución, al no convertir mi disponibilidad en presión.

    Cuando escribí sobre el desapego hace casi seis años y dije que dos almas libres pueden recorrer un camino, lo escribí como tesis, y ahora es una tarea que me llevo orgulloso para poner en práctica.

    • Dos Personas Libres

    Ojalá supiera como termina mi historia actual, aun mi corazón busca que sea *la historia*, pero si supiera, sería una traición a todo lo que he escrito plasmar ese final aquí.

    Lo que si tengo nuevamente es una claridad sobre lo que sí está en mis manos. Solo se controla lo que depende de uno mismo, y el sufrimiento nace de confundir esa frontera, y la frontera dice: no está en mis manos que esto se concrete, ni los tiempos del otro, no está en mis manos lo que el tiempo decide sobre lo que se ha vivido. Pero lo que si puedo decir con seguridad es que está en mis manos la elección del lugar desde donde amo. Algo que sigo aprendiendo.

    La libertad no es un estado al que se llega como a la cima de un monte. Es una tarea que necesita refuerzo diario. Amar libremente no es una única conquista, es una meta constante. Habrá días en que esa libertad se gana en un momento y antes que llegue la noche se puede perder, ahí cuando la fantasía empuja y mi cuerpo reacciona, como ya reconozco que lo hace, al buscar señales que no aparecen. La libertad no se logra, se vuelve a elegir cada vez que la urgencia toca la puerta. La urgencia de los eventos más importantes, y la urgencia de una caricia en el cabello cuando estamos en acostados en el sillón.

    No hay una promesa de haber resuelto todo en estas palabras, no hay medallas por “amar bien”, solo el reconocimiento de que la libertad, la mía y la que espero de ti, es lo único que puede cubrir, cuidar y sostener lo que puede venir en el futuro, si es que viene.

    Amaré de todas formas, eso ya está, pero intentaré amar libremente.

    Y si lo que anhelo se concreta, será porque Tú y Yo, libres, así lo quisimos. Y si no, me llevaré la verdad de haber amado sin haberle pedido al amor que pagara mis cuentas.

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    // bitácora Todo lo que ha cruzado

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