La Espera, parte 2.¶
Con toda la narrativa de entender la espera, hay preguntas importantes que empiezan a aparecer como raíces de una verdad que se está cultivando. Con la tarea urgente de no invadir, no escribir ni pedir respuestas desde la ansiedad, no acelerar el tiempo ni convertir este silencio en una identidad. Después de todo eso aparece una pregunta como un brote que no tenía otro destino mas que abrirse en mi camino:
Si lo que imaginé -o imaginamos- no se concreta, ¿qué hago con la verdad de lo que si fue?
No quiero ser ni parecer fatalista. No escribo esto desde la idea de renunciar, no antes de tiempo o llamando al mal augurio. Me hago esta pregunta porque lo que sí ocurrió, lo que sí experimentamos tiene una importancia demasiado relevante como para dejarlo a la deriva y en manos de un desenlace que nunca ha estado bajo mi control. O así parece.
Creo que el mundo está lleno de historias donde se descuida la memoria del amor al permitir que el final reescriba el inicio. Si algo se concreta, entonces estaba destinado, pero si no, entonces es ingenuidad. Si retorna, es amor, y si no, ilusión. ¡Ah!, la vida viene corriendo con noticias y te avisa: “no siempre funciono con justicia narrativa”. Ya debería saberlo.
Qué importante es entender que algo que pudo ser verdadero no se quedó, que pudo ser mutuo y a aun así no ser suficiente. Que lo decisivo no es definitivo.
Si nos atrevemos a pensar que lo definitivo cobra el derecho de ser verdadero, ¿entonces lo que no se queda es un error? No puedo medir la importancia de cada historia según su permanencia, pero si por lo que despiertan en mí, por lo que sale de lo desconocido, y por cómo me permiten ver la vida con nuevos lentes.
Entonces, no todo lo verdadero está destinado a permanecer, pero calma, Francisco, lo inconcluso no se debe abandonar antes de tiempo.
- La Permanencia
No tengo problema en reconocer que, cuando declaro mi amor y mis intenciones, vienen desde un lugar limpio. Lo hago antes de entender que esas mismas palabras pueden tornarse, contra mi voluntad, en un peligro.
Soy el primero en defender la frase “uno siente lo que siente”, porque en mi los sentimientos vienen desde mi núcleo, y dejaría de ser yo mismo si en algún momento aparecen como estrategia. No tendría el valor de escribir y publicar todo esto si fuese así. “Estoy aquí”, “yo espero”, la disponibilidad no debería confundirse con una promesa que mi futuro aún no ha hecho. Y ahí está la diferencia entre dar a entender que hoy estoy abierto a esta historia, a expresar que estaré pase lo que pase, tarde lo que tarde y duela lo que duela.
Pongámonos existencialistas, incluso la espera, el silencio, mantenerse disponible, todo es una elección, una acción decidida. Creo que una nueva comprensión sobre lo que declaro en nombre del amor debe asumir que, por reales que sean mis intenciones, nada anula la responsabilidad que tengo sobre mí mismo. ¿Por qué parecer más titubeante ahora?, porque la honestidad llama a comprender más factores que pueden cambiar un desenlace tan importante.
Puede parecer menos épico, no prometer mi permanencia, pero precisamente eso convierte esta narración en algo más verdadero. No me cierro al futuro, ni garantizo una paciencia eterna, reconozco que sigo añorando, pero intento soltar la necesidad de que se convierta en un absoluto.
- Los Tiempos
Mientras un calendario cuenta los días de la misma forma para todos, el cuerpo puede estar en desacuerdo con la manera de medir el tiempo. Cuando se corta de bruscamente -independiente de todo lo que ya se arrastraba- una rutina y forma de vida cambian por completo. Un mes puede ser apenas el comienzo de lo más difícil. Por otra parte, para quien vive la historia del otro lado de la espera, un mes podría sentirse como una extensión inaguantable del tiempo.
Y aquí está el truco, dos o más personas pueden estar viviendo la misma historia y el tiempo puede estar pasando de manera totalmente diferente para cada uno.
Entonces, si la duración del tiempo se mide por lo vivido, podría comprender mejor por qué varios días de silencio se sienten como una eternidad, y más densos que un par de meses irrelevantes. Mi reloj no tiene idea de lo que puede pesar un fin de semana, ni de la duración que puede tener realmente una conversación donde se asoma la posibilidad de una nueva vida.
El tiempo puede ir en otra dirección, no necesariamente para ir hacia atrás, sino hacia adentro, hacia la ruptura, las decisiones pasadas, a el acto de soltar personas, a reconocer nuevamente quién se es después de un yo -o nosotros- de años. También hay un tiempo que va hacia afuera: el que pregunta qué pasa ahora con lo que ya vivimos, qué lugar ocupan estos nuevos sentimientos, si la pausa tiene una dirección, o incluso se cuestiona si el silencio cuida o aleja.
Parece un desencuentro, no por falta de amor ni de verdad, ambos podemos sentir algo real y aun así estar en calendarios interiores que no están alineados. Esto no es sobre quién tiene razón sobre el tiempo, pero ¿cómo sostenemos lo nuestro cuando uno está de salida y el otro está esperando? No trato de invalidar lo que ha pasado hasta ahora, pero me ayuda a comprender por qué duele tanto.
El cariño, o el amor, pueden coincidir antes que las partes de un reloj interior, y cuando se trata de esperarse a sí mismo, o a otro, no hay forma exacta de ver la hora. Quizás esa hora aún no llega.
- La Arquitectura
¿Qué tan difícil es abandonar no solo un espacio físico, sino el recipiente de la intimidad que albergó alguna vez? Uno habita mundos, no paredes, y ahí también entra lo relevante que pueden ser las palabras que nacen sobre una nueva arquitectura: el hogar que es posible.
No una casa literalmente hablando, aunque hayamos bromeado con una. Más bien una forma de vida pasa de solamente ser imaginada a tomar una forma real, que incluso ya experimentamos al menos por un breve lapso. La casa posible no es solo estar con alguien, ahora mismo es la sospecha, o la esperanza, de que con alguien la vida podría tener una arquitectura firme.
Ofrecer refugio puede ser amor, pero no querría que se transformase en una intervención de un proceso tan importante como salir de lo que podría ser sentido como escombros. Nunca querré ser una sala de emergencias, porque nunca querré que exista una incertidumbre entre saber si el lugar fue elegido o es la necesidad de no quedar en la intemperie.
Puedo amar sin apresurarme a ser el lugar donde se deja de doler, y no porque no quiera ser cuidador, no porque no quiera abrir esa puerta. Una nueva vida no debería construirse solo con partes de una casa que, por lo bajo, fue afectada por un gran sismo.
- Lo Decisivo y Lo Definitivo
Incluso tener fe o esperanza es un riesgo, porque no hay garantías. Puedo creer en algo que necesite ser vivido antes de demostrar que está pasando, pero nada de eso lo puedo confundir con ceguera. Un salto de fe no debería ser en medio de la neblina necesariamente.
¿Cómo interpreto mis emociones como evidencia? Lo que siento no garantizará el desenlace que quiero, ni tampoco los que temo. No hay un contrato con el futuro solo porque siento lo que siento. ¿Y qué peso tiene entonces? Las emociones vividas sí pueden ser evidencia de que algo fue real, solo que no pueden probar que algo más será posible.
La esperanza llega, pero no para diluir esa frontera, pero me permite no cerrarme antes de tiempo ante lo que aun no tiene forma. Entonces, ¿en qué parte de mi esperanza me puedo afirmar, y qué parte de ella me pide ignorar ciertas banderas rojas?
El amor en la vida real, en lo cotidiano, suena menos espectacular que el amor como una suerte de revelación que aparece después de tanta espera o un big bang, pero eso lo vuelve más habitable. Lo que viví y lo que sentí me puede mostrar las posibilidades, pero la práctica de ese amor nos dirá si se pueden transformarse en ese mundo que busco.
Volvamos al inicio, si lo que espero no se materializa, ¿qué hago con lo que ya vivimos?
No me puedo permitir la crueldad de destruirlo y decir que nada fue real, que confundí la intensidad con el destino, o que Francisco volvió a creer demasiado muy rápido. No puedo otorgarle todo el mérito a un final. Pero hay otra respuesta más difícil: aceptar que algo pudo ser verdadero, aunque no haya alcanzado para ser permanente.
No es un consuelo, pero me permite aceptar algo crucial: que el final no tenga cabida para reescribir toda la historia como algo que no sucedió o que no fue importante. Quizás no todo lo verdadero está destinado a permanecer conmigo.
Primero me pregunté cómo no perderme en la espera, ahora busco cómo no perder lo real de lo vivido hasta ahora sin saber si llegaremos a ese lugar que por un momento imaginamos. Son dos tareas, cuidar el ahora y cuidar la memoria.
Hay experiencias que no puedo simplemente reducir al éxito o al fracaso. No puedo medir por su permanencia la intensidad de lo amado. No todo lo que no permanece se transforma en vacío o pérdida de sentido.
No dejaré que una resolución sea el único juez, que la ausencia desvanezca el recuerdo o que una pérdida me haga pensar de la esperanza como algo ingenuo, sería dejar de ser quien soy. Si llega lo que tanto anhelo, no puede ser de otra forma más que desde la libertad, y si no, me llevaré las memorias aceptando que fueron verdaderas en lo que duraron.
Me atrevo a sostener la diferencia sin romperme en el intento: lo decisivo no siempre es definitivo.