Parte 1. ¶
- No Desaparecer
Hay una espera que no pide quedarse inmóvil, que no es falta de acción. El no disparar una bengala exigiendo una respuesta, no antes de que alguien esté del otro lado listo para responderla. Por dentro es una forma de trabajo que es silencioso, enfocado en ordenar un deseo de manera que no interrumpa un proceso ajeno, pero que por sobre todo no convierta la vida propia en una habitación sin ventanas.
No lo planteo solamente desde la fantasía que puede despertar un amor intenso, es una espera que nace de lo real, de la intimidad ya lograda, de las risas que traspasaron una pantalla y finalmente encontraron donde hacer un eco. He tenido visiones de lo mutuo, de conversaciones que se decidieron tener sobre el futuro, y no puedo simplemente quedarme con la idea de que estas señales son en vano.
Justamente porque ha sido algo tangible también se ha vuelto más difícil de dejar ir, de observar, o incluso regular en mis emociones. Lo real no siempre libera, a veces, cuando no hay cuidado, te suspende en el tiempo.
¿Hay riesgo?, claro que lo hay, y no solo en la espera, el mayor miedo es convertirse en alguien cuya vida queda relegada y en función de ella. El riesgo de dejar de vivir, mientras aguardo una posibilidad de que el futuro toque la puerta, si decide hacerlo.
Entonces, ¿qué decisiones me permiten una espera donde no desaparezco dentro de ella?
Esto ya lo he abordado antes. No hace mucho apunté al heroísmo, el sacrificio y los límites: “¿No se es héroe cuando te pones en frente de ti mismo también?”. No pretendo cerrar mi corazón al futuro cuando me planteo esa pregunta, más bien busco redefinir mi propia valentía al intentar hacer las cosas de manera distinta.
- Espera o Inacción
Hay maneras sigilosas que alimentan la espera. Interpretar las que hoy son señales digitales, el leer una y dos veces las conversaciones cuando teníamos mejores energías, llenar los vacíos entre silencios buscando significados gigantes en gestos mínimos, y dejar que el día dependa de una señal que puede no aparecer. Uno podría confundir esa espera con lealtad, pero la verdad es que le estaría atribuyendo una dirección de la vida y sus decisiones a algo que no depende de mí.
Hacer esta diferenciación le da orden a esta angustia, más que eliminarla, y tampoco buscaría hacerlo, no puedo negar lo que siento. La acción, entonces, no está en forzar la historia, sino que en sostener una vida y cotidianidad que no quede reducida o atrapada en la espera. El seguir trabajando, comunicarse con los amigos, no cancelar planes, comer aunque el apetito esté ausente y dormir, aunque las fantasías me mantengan despierto. No convertir la inmediatez de un dispositivo en un altar al cual rezarle como a un oráculo.
Si hay un retorno después de la espera, que no me encuentre petrificado en el punto exacto donde se acordó distancia, y si no lo hay, que la espera no haya dejado una versión empobrecida de mi ser por haber esperado.
Que la espera no sea mi identidad.
- El Duelo
Como un hombre que ama, cuando veo sufrir quiero acercarme, ser abrigo, me nace decir que aquí no duele tanto, o que aquí estaremos bien. Encuentro que tener ese impulso es tan hermoso como también puede ser peligroso.
Hay duelos que no se pueden caminar y atravesar en brazos de otro, no sin la certeza de terminar al menos en la confusión nuestros objetivos. He tenido que aprender que este tipo de procesos no obedecen al pulsar de un interruptor. Hoy estoy consciente, por lo que he vivido, que no solo se deja una persona, se deja una rutina, un techo, y una versión de si mismo. Y aunque me duela escribir esto, al aparecer demasiado pronto como refugio, me vuelvo el factor que dificulta distinguir entre ser elegido por amor o por la necesidad de no caer.
¿Y la ética?, el dolor del otro llama o exige una respuesta y me saca del encierro de mi mismo. Pero responder a ese llamado no reemplaza el dolor que se vive. La angustia y tristeza de quien amo no convierte el proceso que debe vivir en una tarea que me corresponda solucionar. Acompañar, entonces, no es lo mismo que administrar, y cuidar no tiene la tarea de adelantar.
En otros tiempos de mi entendimiento o aplicación del heroísmo me diría a mi mismo que le ofrezca todas las soluciones a lo que le acongoja. Y me he acercadi a ese punto recientemente, reconozco que me cuesta no hacerlo. Pero esta postura de héroe, aunque nazca del cariño y la ternura, puede cruzar una frontera, transformando el amor y su potencial en una intervención que arruine lo que anhelo.
A veces se es héroe al abstenerse, y nunca comprendería la vulnerabilidad como una oportunidad para mostrar valor. Y con esto aparece una de las preguntas más incomodas, pero que me debo ante la búsqueda de la claridad: ¿quiero aliviar porque amo o porque si llega antes ese alivio, entonces puedo obtener antes lo que deseo?
Dudé muchísimo si quería plasmar tan abiertamente esta interrogante, porque su respuesta puede tener algo de ambas, y no puedo fingir como si no fuesen parte de la ecuación. Prefiero la tranquilidad de reconocer la diferencia y la posibilidad de su mezcla. Tener esta lucidez me permitirá dejar de llamar “protección” a lo que puede estar motivado solo por la ansiedad de que esto ocurra antes de lo que creo poder esperar, o más importante, de lo que realmente se necesita procesar.
Si esta historia se va a contar, tiene que relatarse desde una elección libre y no desde la emergencia de salir de un duelo que no tiene otra opción que ser vivido.
- El Compás de la Ambivalencia
Nos merecemos entonces este espacio de silencio, pero por necesaria y verdadera que sea esta afirmación, no puede convertirse en un efecto que terminará borrándome del mapa.
La honestidad que se me ha confiado con las razones para esta distancia merece respeto, y, aun así, la validez de lo necesario no elimina el efecto que tiene esta espera en mí. Porque puedo entender, respetar y mantener la distancia, y aún así permitirme sentir el dolor de la incertidumbre y la ambivalencia.
Tengo que conservar mis puntos de referencia como si fuesen mi compás. Identificar lo que me sostiene, las personas que me dan o devuelven la perspectiva de mi camino. Saber qué lugares siguen siendo míos y las rutinas que me permiten avanzar en él.
No pretendo dejar de sentir, pero también tengo que impedir que lo demás deje de existir.
Una espera poco cuidada empobrece, así sea de a poco. Lo cotidiano empieza a desvanecerse entre la conciencia de estar estático por dentro. Mi profesión continúa, pero con mi mente en otro lugar. Mis amigos hablan, la vida pasa, pero todo parece menos urgente que las preguntas que me llevo haciendo por días. No puedo dejar que la creatividad sea rehén de un estado emocional no resuelto.
Trato de recordarme mis ideas sobre el desapego cada vez que la situación empieza a superarme. Cuando el otro se vuelve punto de apoyo para compensar vacíos, una relación deja de liberar y empieza a encarcelar. La libertad de ese desapego real no está en no amar o no sentir, sino en no reducir la propia esencia, mi yo real, a una dependencia que no sé cómo se va a resolver, porque no depende de mí.
Cuidar ese mundo que es tan propio también es una forma práctica de un desapego que no es frío, sino uno que cuida mi posición sin negar que buena parte de él aun es habitado por ella.
- El Cuerpo
Mi cuerpo suele hablar antes de tener las conclusiones de las historias que vivo o protagonizo. Me encojo, me acelero, pierdo aire, o cualquier otro síntoma a partir solamente de símbolos. Suelo convertir la incertidumbre en dolores, y mi propia historia me ha enseñado que mi cuerpo exagera. Pero ahora me pregunto, ¿qué hago con esto?.
Hay presencias y actos que me expanden y ausencias que me contraen y minimizan. Amores que encienden en su cercanía y duelen cuando quedo en suspenso, entonces la pregunta ya no es solamente “¿qué siento?”, se suma una que llama a resolver: “¿Qué hace esto conmigo?”.
En este patrón de escribir desde la crisis, no puedo permitirme tomar decisiones desde el pánico, pero tampoco creer que son irrelevantes. Y por lo mismo me aferro -sin entregarme por completo- a la ayuda de estar en terapia, por ejemplo. Puedo identificar ahora qué detona mis ansiedades, cuánto duran, qué pensamientos alimentan. Pero hay nuevos descubrimientos: qué parte de estos dolores pertenecen realmente al presente, y cuáles llaman a la memoria de heridas anteriores. Mi cuerpo no decide por mí, pero tampoco puedo negarlo como si no estuviese pagando las consecuencias.
- Esperar Mejor
Creo que toda espera empieza eventualmente a acumular algo. Días, silencios, mensajes que escribo y no envío. Todos los impulsos que debo contener y las noches difíciles pensando en las explicaciones que me doy a mí mismo para resistir un poco más. Y aunque esta espera nace libre, el defecto humano eventualmente comienza a contar.
“Después de todo esto, entonces debería resultar”. Si llego a esa conclusión, comienza una deuda. No porque sea ilegítimo esperar el desenlace de la paciencia que se está forjando, yo espero lo que deseo. Pero se convierte en un problema cuando esto tiende a convertirse en un argumento moral. Me rehúso a darle forma de “inversión a plazo” a algo que entiendo que es natural, pero necesitaba sacar estas palabras de mi para recordarme que soy mejor que mis pensamientos más oscuros.
Esperar mejor no es aguantar más ni con más elegancia, no significa callar o sufrir mejor, ni mucho menos ser un “mártir sofisticado”. No invadir un duelo ajeno, ni transformarlo en ley de mi espera. Nunca mi paciencia será una cuenta que cobrar ni mi silencio será una identidad.
Puedo esperar, pero no me puedo convertir en una versión estancada de mí que se queda esperando una promesa.
Me encontrarás entero, mas pero diferente, nadie sale con la misma forma después de una paciencia genuina. Es otra entereza, una vida propia, un cuerpo que ha sido escuchado, con nuevos límites y una brújula mejor calibrada.
Puedo esperar, y si lo hago, será con las puertas abiertas y con los pies avanzando por mi propio camino, esperando mejor, esperando lo mejor.