Recordé en estos días de encierro un texto que leí sobre el desapego, hace ya casi ocho años del que tenía un extracto guardado en una vieja nota. Ojalá aquellas palabras las tuviera siempre presente, recuerdo perfectamente lo que sentí luego de leerlas, y nunca olvidé la sensación de que aprendí algo inmensamente valioso.
El apego lejos de ser una carga que parece disfrazada de indiferencia, esconde un potencial liberador. El apego nos retrasa en el camino de encontrarse con uno mismo, y con partes de ti que no necesariamente son tangibles; el miedo al vacío y la libertad abrumadora. Cuando hay apego hay carencia de independencia, y por obvio que suene, el apego es medible ante la falta de esa libertad que añoramos (o deberíamos añorar). Con el apego enviamos una parte esencial de nuestro ser a un rumbo incierto. Se extravía gran parte de nuestra fuerza intrínseca, exiliamos una porción de nuestra esencia.
Hay apego cuando la dependencia de otro se transforma en nuestro único pilar. Éste otro llámese persona, evento, memorias, acuerdos, circunstancias, contratos, arrepentimientos, promesas; lo que signifique que sin ello perdamos el camino. Un pilar que no es parte de ti sino una extensión de tus necesidades e inseguridades. La autonomía abre paso y se pierde ante la dependencia.
Como parte de nuestra existencia, no estamos en condiciones de avanzar en nuestra línea de tiempo sin esta autonomía. Unos le dirán el alma, el espíritu, libre albedrío. Estar dentro de ese espiral nos aleja de reconocernos, de liberar nuestra personalidad, y por sobre todo, nos aleja de aceptarnos. como realmente somos.
Hay un cuidado especial a considerar cuando el apego se torna irrevocablemente de índole negativa. Un apego que se vuelve rechazo, un sentimiento incrustado y reformado, que se escapa en forma de resentimiento. Vivir apoyado en un pilar de resentimiento no es más que firmar tu propio fin.
Una de las sensaciones más desesperanzadoras es el término de la cercanía. Pero si nuestra relación se basa en el apego, estamos profundamente separados en nuestra esencia. Incluso si el apego no es con el otro, sino con lo que se nos pide como requisito para avanzar a una libertad que involucra a dos personas con un proyecto en común. Mientras más cerca estén nuestros cuerpos y nuestras personalidades; si hay apego como condicional, más lejanas están nuestras almas. Mientras más cerca estemos, más prisioneros somos el uno del otro, si la relación es de apego desconfiado. Una relación es de apego si produce sufrimiento; y por ende el sufrimiento es su condicional, incluso si el que sufre es uno solo, en silencio.
Puedes irte o puedes quedarte; pero si yo sufro es porque estoy apegado, y si estoy apegado a ti es porque estoy inseguro de mí, porque necesito un punto de apoyo exterior. Si estoy apegado a ti, es porque estoy inseguro de mí. Si yo estoy apegado a ti, estoy violando tu libertad, y si tú estás apegado a mí, entonces estas violando la mía. De tal manera que la mejor forma de lograr la unión es paradójicamente liberarse. La mejor manera de encontrarse es desaparecerse. La mejor manera de no rechazarte es paradójicamente aceptarme a mí mismo. Así se pueden ver las paradojas que se dan en una relación que tiene como punto de partida la reflexión; yo me miro y me observo en un espejo, pero yo me miro y me observo en un espejo que eres tú.
Aquellas cosas a las que me apego son esas inseguridades y vacíos interiores que tengo. De manera que te estoy utilizando como un instrumento para compensar mis carencias. La relación no es un instrumento para compensar estas ausencias, sino que un instrumento de liberación. Si yo te necesito a ti para llenar mis vacíos, pobre de ti y de mí, porque te voy a atrapar en la prisión de mi vacío. Si tú me necesitas solo para compensar tus vacíos en la relación, no me vas a dar más que tu carencia, tu sombra y tu pobreza. No me vas a regalar lo mejor de ti mismo que es tu riqueza y todas aquellas cosas que ya has afirmado, aquello que traes para regalarle al mundo desde tu propio corazón.
Cuando sabes que hay un corazón y un alma tendiendo una mano, sabrás que es una buena decisión aferrarte a ella cuando tal ofrecimiento a la vez es un camino por amar tu libertad, y no escapar del riesgo más cercano. El desapego no tiene por qué significar ser un alma solitaria. El desapego tiene el poder de unir cuando tu potencial de ser no se ve disminuido al estar en sincronía con otra alma igual de libre.
La libertad del desapego es la libertad del alma, y dos pueden recorrer ese camino.